La conciencia

Ilustración para Letras al rescate sobre el texto La Conciencia de Marilú Ferro



La Conciencia



Salió de su casa de madrugada, tomando los recaudos necesarios para que nadie lo vea. “Difícil no ser visto”, pensó para sí mismo, con sus casi ciento cuarenta kilos, y esbozó una sonrisa. De todas formas, a las cinco de la mañana el barrio era una boca de lobo, solo se escuchaba a unas cuadras, el traqueteo del primer tren.

Estaba tranquilo, como si fuera un día más en el que caminaba a la estación con su bolsito, paraba en el bar para el cafecito con facturas, tomaba el tren de las 5.40 y pasaba todo el día en la fábrica, para volver con los dos pesos con cincuenta de toda la vida.
Pero éste no era un día más: no iba a ir a la fábrica ni tenía pensado volver. Antes de salir de su casa, Sancho había matado a su mujer. Lo pensaba y no le parecía cierto ¡Tantas veces sus manos estuvieron a punto de hacerlo! Pero esta vez se había dejado llevar y realmente había ocurrido. Había sentido el cuello romperse entre sus dedos, había visto el rostro azulado y el cuerpo inerte caer sobre la cama al soltarla.

Con un suspiro, caminó directo a tomar el tren. Hoy no habría escala en el café. No sentía nada, ni culpa, ni odio, ni arrepentimiento. En el fondo, quería convencerse de que tendría que haberlo hecho antes, porque la vida con ella ya no era vida desde hacía mucho tiempo.
Subió al tren y se sentó, casi ocupando los dos asientos. Tenía que pensar bien qué hacer, dónde ir, o a quién llamar. El viaje sería largo y estaba agotado. Se acomodó como para dormitar un poco, cuando lo despabiló un chillido agudo que lo obligó a abrir los ojos. El sonido provenía de un ave blanca que tenía enfrente, era una especie de loro que alternaba el apoyo de sus patas, en un movimiento que lo hacía balancearse como en una danza, sobre el hombro de una anciana.

Sancho, algo aturdido, con un leve movimiento de cabeza dirigió la vista a la vieja que lo estaba mirando fijamente, con una expresión que lo inquietó. La mujer tenía un aspecto aterrador: los ojos hundidos, el pelo revuelto, la ropa harapienta. Lo más parecido a una bruja que había visto. Miró hacia alrededor y no había nadie más.
—¿Qué hiciste?— lo increpó la Vieja. El Loro repitió la frase impecablemente.
—Yo… Nada, me voy al trabajo— mintió Sancho, sorprendido.
—Don Verdugo, ¿dónde está tu esposa?— inquirió la Vieja con una mueca, y se inclinó hacia adelante, mirándolo directamente a los ojos.
—¿Quién es usted? ¿Qué quiere?— dijo Sancho, mientras se levantaba del asiento, asustado.
Entretanto iba trastabillando hacia la puerta para bajar, sentía ambas miradas clavadas en su espalda. Nunca había sentido tanto miedo.
—¡Viva Sancho, viva Sancho y su mujer!— chilló el Loro entre las carcajadas de la Vieja y fue lo último que escuchó Sancho antes de tirarse del tren.


Marilú Ferro©Copyright


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